
(Foto: Carlos Gavito y Maria Plazaola)
El calor era muy denso, difícil conciliar el sueño, noche de verano que tras los postigos dejaba ver la luz que iluminaba el jardín.
Las puertas abiertas dejaban pasar una brisa suave pero que no refrescaba el ambiente,
las sombras de los árboles se erguían majestuosas y bailaban al ritmo del agua de la fuente, se apoyo en el quicio de la puerta y se puso a contemplar la noche, como el que mira un espectáculo que cambia diariamente de escena, pensó en poner música, pero dudo por lo avanzado de la hora, aunque los vecinos más cercanos quedaban lejos de la casa, y ningún sonido podía perturbar sus sueños.
Las puertas abiertas dejaban pasar una brisa suave pero que no refrescaba el ambiente,
las sombras de los árboles se erguían majestuosas y bailaban al ritmo del agua de la fuente, se apoyo en el quicio de la puerta y se puso a contemplar la noche, como el que mira un espectáculo que cambia diariamente de escena, pensó en poner música, pero dudo por lo avanzado de la hora, aunque los vecinos más cercanos quedaban lejos de la casa, y ningún sonido podía perturbar sus sueños.
Se dirigió al equipo de música y el dos por cuatro desde el fuelle empezó a sonar, volvió sobre sus pasos y sintió que las estrellas brillaban con mas fuerza, sobre todo una de ellas, una que desde el 1 de julio del año 2005 acompaña a todas las demás, Carlos Gavito duende de la noche, Pugliese, Troilo y cuantos abrieron camino entre la vía láctea y se adelantaron en tu viaje, pondrán la música y tu la danza.

Miró hacía el jardin de nuevo, el duende del tango la envolvió y pisando la hierba bailó su danza invisible, no siempre se tiene la suerte de poder bailar entre las estrellas y con ellas.

Miró hacía el jardin de nuevo, el duende del tango la envolvió y pisando la hierba bailó su danza invisible, no siempre se tiene la suerte de poder bailar entre las estrellas y con ellas.
SILENCIAMOS DEEZER
CARLOS GAVITO Y MARIA PLAZAOLA















